26 noviembre 2012

Haruki Murakami. Un escritor de largo aliento. De qué hablo cuando hablo de correr.

 
 
Si te gusta Murakami, este libro te va a gustar.
Si te gusta correr, este libro te va a interesar.
Ahora, si te gusta Murakami y sos de correr, vas a disfrutar mucho este libro.

Haruki Murakami quizás sea el escritor oriental más occidental de nuestro tiempo. Sus libros suelen transcurrir en territorio japonés pero las tramas que idea pueden situarse en cualquier lugar del mundo. Su universalidad es seguro una de sus mejores características y parte importante de su éxito mundial.
Este libro es extraño porque está pensado como una especie de ensayo muy dirigido. Está escrito para sus lectores. Habla de sí mismo, casi como unas memorias, utilizando como mediador el hecho de ser corredor.

Según Murakami correr fue importante para su oficio de escritor. Y no porque va pensando en tramas o subtramas mientras corre, tampoco se le ocurren grandes ideas que luego aplica a sus libros. Y eso que tiene tiempo, porque entrena para correr maratones, así que se pasa horas y horas trotando. El footing le enseñó a respirar mientras escribe, gracias al entrenamiento pudo liberar una toxina dañina (una idea bastante particular) que según él tienen todos los artistas y puede ser contraproducente si no es manejada de una manera correcta. También adquirió paciencia y ritmo; y correr le da esa hora y media de silencio que juzga fundamental para su vida.
Dos perlitas deportivas son su participación en una ultramaratón de 100 kilómetros y sus incursiones en triatlones.

También Murakami habla sobre Murakami. Nos cuenta lo metódico que es para todo (en su vida personal y su trabajo), de la fobia a ser reconocido, del momento en que dejó de manejar un bar de jazz para intentar ser un escritor, de sus gustos musicales (el coro funky de los Stones en Simpatía por el demonio dice ser perfecto para correr, aunque el pedestal lo tenga Reptile de Clapton), de lo parecido que es correr y escribir novelas: es un trabajo que se hace en solitario, donde se invierten largas horas de duro trabajo y la meta suele estar muy lejos...

Y por último está la parte más filosófica: la vida, la muerte, los años que pasan, la importancia de entender las cosas. Murakami es tan racional que impresiona; una y otra vez se aleja de esa imagen que se tiene de los escritores. Todo está pensado, muy pocas cosas son libradas al azar. Nada es impulsivo.

El libro es menor pero es bueno. Está claro que primero hay que leer un par de libros del autor para poder disfrutarlo más. Es una veta nueva para mí y es muy distinto a sus éxitos más conocidos. Y creo que ahí está el mayor logro de este raro experimento, cruza de ensayo y autobiografía.

De qué hablo cuando hablo de correr
Haruki Murakami (1949)
Tusquets

20 octubre 2012

Philip Roth. Patrimonio.

 

Voy a ganarme un par de enemigos, pero el libro que acabo de leer me aburrió.

Desde el título nos avisan que es una historia verdadera y lo que Philip Roth nos propone es  un minucioso racconto de todas las etapas que van desde el conocimiento de la enfermedad terminal de su octogenario padre hasta la misma muerte. Un tema muy difícil. Pasa por todos los estadios: la búsqueda de una solución, el drástico cambio de la relación (quién cuida a quién), los médicos, las operaciones, la vergüenza de la decadencia física del padre (desde no controlar su cuerpo -con pis y caca incluido- hasta no poder comer o caminar) y culmina con la espera de lo inevitable. Pero no pasa de una simple descripción de los hechos. No se toma la molestia de generar empatía entre el lector y su padre o su hijo, el autor. La repetición de los temas de conversación del padre, todos los viejos repiten lo mismo hasta el hartazgo, no llega a tener efecto alguno. Es más, traba el relato. No hay otras tramas o sub-tramas que abran el juego u oxigenen, aunque tampoco logra un clima asfixiante. Todo muy frío, poco sentido.

La última frase del libro reza: no hay que olvidar nada. Y para mí ahí está uno de los  problemas del libro. No hay vuelo, es más un diario íntimo que sirve para expiar culpas y dolores, que literatura. Por no olvidar nada, nos cuenta una enumeración de sucesos médicos y reacciones sentimentales mechados con un poco de historia de Newark (New Jersey) y los judíos en Norteamérica. Prefiere marcar el territorio antes que dibujar el mapa.

Ahora es el momento donde me abrazan los temores y digo: ojo que este libro fue galardonado con el National Book Critics Circle Award, ojo que este hombre se cansó de ganar premios, prestigio y dólares, ojo que es el único libro que leí de Roth. Pero bueh, me aburrió. Recién al final, cuando el desenlace se nos viene encima gana algo en emoción y dolor. Pero inclusive ahí, tampoco tanto.
Obviamente, tendré que leer otro, pero será uno de sus llamados éxitos literarios. Que son muchos. De memorias ya estoy hecho.

Patrimonio. Una historia verdadera
Philip Roth (1933)
Seix Barral

06 octubre 2012

Cuentos de la muerte. Mockba, de Diego Muzzio



 
Lo mejor que tiene este libro de Diego Muzzio es la variedad de condimentos: hay melancolía, estupor, algo de miedo, tristeza, humor negro, amor, locura y muerte. En este plato que invariablemente se tiene que comer frío, la muerte recorre todos los cuentos. La muerte y muchas veces el cementerio.
No hay filosofías baratas ni tediosas profundidades. Acá la muerte tiene nombre y apellido, son historias de gentes que se cruzan con la muerte. Como todos, tarde o temprano, nos vamos a cruzar con ella; a lo largo de los 12 cuentos vemos cómo reaccionan los que se mueren, los que se van a morir, los que tuvieron un muerto en el placard, los que van a profanar, los que la sufrieron, los que se burlan de ella, los que la esperan, los que creen que van a vivir 500 años, y más. Hay de todo, y eso es lo bueno: los distintos tonos que usa en cada uno de los cuentos.

Así y todo, no se habla mucho de la muerte. Y creo que ese es el logro: casi no hablan de ella, pero la muerte está siempre presente y estamos esperando a ver cómo se desarrollan las cosas. Para ello, los personajes de los cuentos van delineándose a medida que pasan las páginas; y así es que todo puede llegar a pasar. Hay mucho lugar para la sorpresa, fundamental a la hora de leer buenos cuentos. La escritura es llana y sencilla, hay pocas frases elaboradas. Eso Muzzio lo deja para su poesía, que también es buena. De hecho es mucho más prolífica su carrera de poeta.

Ultimo comentario: los cementerios son ámbitos extraños y están más presentes en nuestra memoria de lo que me imaginaba. Volví a sentir que estaba en algunos de ellos mientras leía estos cuentos. Especialmente en uno: el cementerio de Olivos. Regresé a mi niñez y anduve de acá para allá. Como el niño del cuento que trabaja en la florería y tiene que ir trotando de una puerta a la otra. Así andaba yo, ajeno a todo. Como si nunca me fuera a tocar a mí. Tan niño era...
Me impactó mi propio recuerdo.

Diego Muzzio nació en Buenos Aires y vive en Paris hace años. Aparte de estos cuentos, publicó poesía y libros para niños. También ganó varios premios aquí y afuera. Un tipo completo y al que hay que seguir. Muy recomendable.

Mockba
Diego Muzzio (1969)
Entropía

25 septiembre 2012

Si su bebé no duerme bien, esto le puede interesar. Duérmete, niño por Eduard Estivill y Sylvia de Béjar.


Para unos, la salvación. Para otros, lo peor de lo peor. 
Relectura de un clásico en las discusiones de padres primerizos. Mi hijo no duerme, por eso en casa nadie duerme y no sé qué hacer es la idea central de este libro que tiene una solución bastante polémica pero, según sus autores, “con un 96 % de efectividad. El 4 % restante sufre trastornos psicológicos”. En cristiano sería:  o tu hijo no está bien o con este libro se duerme.

Será un reseña casi personal -una nueva atribución- porque mi segunda hija está en los ocho meses y había algunos conceptos que me gustaron en su momento y quería volver a leerlos. A saber:
- Los pequeños necesitan rutinas.
- Cada noche todos (niños y adultos) nos despertamos entre 5 y 8 veces. Sólo unos segundos donde nos damos vuelta, arreglamos la frazada, etc.
- El niño va a querer seguir como estaba. Si se durmió en brazos, va a querer estar en brazos. Si al dormir estaba en la cama de los padres, al levantarse va a querer estar ahí. Y es por eso que tiene que aprender a dormirse solo.
- Los padres tienen que ser/estar seguros. Cuando el nene agarra un cuchillo, uno se pone firme y se lo saca porque está convencido de que eso le puede lastimar. Si se muestra la misma convicción en otras cosas, la criatura siente eso.
- Los nenes son más vivos que el hambre.
Ahora, mal está cuando el autor psicopatea a los lectores con frases como si a los cinco años su hijo no duerme bien va a tener problemas de insomnio de por vida. ¿No será mucho doc?

Después de esto viene la tablita polémica: tenés que dejar que tu hijo se duerma solo y vas a calmarlo -porque está llorando, claro- cada dos minuto. Primero a los 3 minutos, después lo dejás 5 minutos y así hasta que cae rendido. Si aguantás que llore, se duerme. Polémico, ¿no?

El libro es un hit editorial. Es una mezcla de autoayuda, con columna de revista de mujer moderna (de esas imposibles de leer), con una pequeña dosis de cientificismo (casi imposible de comprobar). Está hecho para que los padres desesperados (o los que van por el segundo y no quieren problemas) lo sigan al pie de la letra para poder dormir tranquilos. A partir de ahí, depende de cada uno.
Para criticarlo o para practicarlo, vale la pena leerlo. Es una discusión hasta necesaria.

Duérmete, niño
Eduard Estivill-Sylvia de Béjar
Plaza Janes

14 septiembre 2012

Felisberto Hernández, Cuentos reunidos. Un uruguayo tapado




Estamos frente a un tipo muy particular. Felisberto Hernández era uruguayo, pianista de profesión, que musicalizaba películas de cine mudo o estaba girando con orquestas. Bastante trashumante. Se casó seis veces. Hasta se casó con una agente de la KGB y ¡nunca lo supo!

Pero vamos a lo literario. Quizás porque era demasiado moderno para la época -mediados del siglo pasado- o porque no sabían bien donde ubicarlo -lo vinculaban con el surrealismo, lo fantástico- o porque era un escritor de escritores (Cortázar, Onetti, García Márquez y Calvino lo entronizaron). El tema es que con el correr de los años Hernández logró zafar de etiquetas y hoy puede gozar del triunfo de su personalismo. Un personalismo que hace que el mismo editor de este libro plantee que no corrigió los errores de escritura para no tergiversar. Y sí, hay veces que hay algo “raro” en sus frases. Pero como todo es medio raro... 

El libro plantea una selección de cuentos de los más de diez libros que se editaron en vida del autor. De manera cronológica. Y aquí creo que se puede hablar de evolución. A medida que pasan las páginas, los cuentos se hacen más depurados, más finos . Los primeros son más intenciones y buenas ideas, y los últimos son más redondos en su concepción y su realización. Onetti, de hecho, gustaba más de los primeros, donde su “ingenuidad” era más evidente.

Se agradece también a Felisberto -¡qué gran nombre!- esa forma de hablar un tanto antigua y tan particular que tienen los uruguayos. Los niños son pavos, casi como pánfilos al decir de mi padre. Las cosas son colocadas al sesgo, el personaje se engolfa en reflexiones y así.

En estos cuentos se repiten varias formas y estructuras: todos escritos en primera persona, con un vocabulario que va de los fino a lo popular y siempre jugando con sus recuerdos. Y el término jugar no es casual: Hernández se la pasa definiendo sus recuerdos, luego los personifica, después los ubica en algún lugar de su cabeza y a partir de ahí todo puede suceder. Los recuerdos se entreveran (otro término tan delicado y tan uruguayo), charlan, se cruzan con sensaciones para tomar formas inusitadas; se mienten, se pelean y un sinfín de opciones que hacen que estemos siempre muy atentos a lo que leemos. Si un par de líneas nos desconcentramos, seguro que vamos a tener que retomar porque nos perdimos algo de la historia que hace que no entendamos de qué nos habla. Una pequeña muestra del último de los cuentos reunidos: “Entré a un café que estaba cerca de una iglesia, me senté a una mesa del fondo y pensé en mi vida. Yo sabía aislar las horas de felicidad y encerrarme en ellas; primero robaba con los ojos cualquier cosa descuidada de la calle o del interior de las casas y después las llevaba a mi soledad. Gozaba tanto al repasarla que si la gente lo hubiera sabido me hubiera odiado. Tal vez no me quedaba tanto tiempo de felicidad.”

El libro es muy bueno. La escritura de Felisberto a veces no es tan depurada, aunque creo que fue una decisión y no un problema. Logra llegarnos y llevarnos con sus relatos. Tiene vuelo y eso lo que vale.
Se festeja también el afán de Eterna cadencia en mostrarnos otras cosas, que no todo está en las editoriales multinacionales.

Cuentos reunidos
Felisberto Hernández (1902-1964)
Eterna Cadencia

14 agosto 2012

Tratado sobre los padres, de Gustavo Alvarez Núñez

 


Un día a GAN (siglas del poeta, periodista, crítico, editor, músico y algo más que seguro me queda y no recuerdo Gustavo Alvarez Núñez) se le ocurre pasar unos días en las sierras con sus padres. Se iba una temporada a vivir afuera del país y creyó que este tipo de despedida era lo más indicado. Uno nunca sabe con los padres, y más cuando te vas y ni tenés muy en claro cuando volvés.

Agarró el auto, cargó las maletas, cargó a sus padres y se mandó. Le bastaron un par de horas para darse cuenta de que ese viaje iba a ser difícil. Ellos seguían una lógica de convivencia y de relacionarse que no iban a cambiar por más que no iban de vacaciones con su retoño hacía ya muchos años. Y no había ninguna posibilidad de hacer lo que se hace cuando este tipo de encuentros no da para más: irse. Le puso garra, pero la cosa cada vez era peor. Así que al cuarto día no le quedó otra que encerrarse en una habitación (que no tenía vista ni al lago que no había) y escupir todo lo que pensaba sobre ellos. Allí nació este Tratado sobre los padres.

Más allá de la cualidades estilísticas o la temática tan cercana a cualquier lector, es el valor de decirles a los padres todo lo que uno piensa y siente por ellos, y luego mostrarles el resultado final lo que hace diferente a este libro. Al punto tal que editó unos 50 ejemplares él mismo para que ellos lo repartan entre los suyos. La edición comercial sale a fin de año.
El libro va por dos lados distintos: por momentos habla sobre cuestiones que se notan que hace largo rato las tenía guardadas, y por otro encierra una ternura de niño bien peinado (no conocen la porra de GAN). Hay versos que podríamos haber escrito nosotros acerca de los tantos conflictos que genera la relación padres-hijos y otros que pertenecen a la esfera más privada de los Alvarez Núñez. De hecho, la desnudez a la que somete a los padres en algunos párrafos sorprende. Sorprende que los padres lo sigan saludando después de esto, también.
Comienza con una certeza de Perogrullo que le sirve, y mucho, para arrancar: Todos tenemos (o tuvimos) padres. Y termina con otra: Alguna vez se van a morir. Nadie puede sentirse ajeno a estos versos.

El poeta de Florida (nuestro barrio de Florida. La entrada anterior era sobre Fabián Casas, el poeta de Boedo, ¿vuelve la antinomia versión Siglo XXI?) se saca una espina importante. Ahora camina más cómodo, más seguro, con algunas ideas más claras. Y no se va a arrepentir por no haberles dicho lo que les tenía que decir antes de que el mal momento llegue.

Aquí va un simple botón de muestra.
Si quieren más, tendrán que esperar unos pocos meses.... (*)

Tratado sobre los padres
Gustavo Alvarez Núñez (1968)
Ediciones GAN

(*) Seis meses después agrego que ya no hay más que esperar. Si quieren, pueden pedir este libro en cualquier librería. Gracias a Melón Editora.

01 agosto 2012

Veinte años haciendo poesía. Horla City y otros, de Fabián Casas - Toda la poesía 1990-2010


Este es un libro que nos propone un viaje complejo por lo más profundo de la poesía de Fabián Casas. Complejo y algo largo: 20 años en un libro, que a su vez son cinco  libros.
Con épocas muy distintas -claramente distintas-, Casas exige una forma de lectura que casi toda la poesía (¿la buena?) reclama: hay que leerlo varias veces. La poesía nos pide que leamos todo -siempre, mínimo- dos veces. Es necesario. La primera vez nos dice de qué habla, y la segunda vemos cómo lo hace. Pero si volvemos a leer al azar (en este caso por tercera vez) un poema del libro que no terminamos y le encontramos ese ritmo que buscábamos está todo dicho. Nos gustó. Porque a la larga, la mejor forma de leer poesía es abrir un libro que ya leímos en una página cualquiera y repasar un par de poemas. Tomamos el aire fresco que necesitábamos y luego lo volvemos a poner en la biblioteca.

Acá tenemos toda su historia poética: Tuca (1990), El salmón (1996), Oda (2000), El spleen de Boedo (2003) y el inédito Horla City (2010).
A lo largo de las páginas notamos que hubo momentos que Casas buscaba la palabrita exacta, cuando hacía versos muy comprimidos y muy complejos; o que apelaba a la ironía porque era lo único que le quedaba; que llamaba a la muerte para poder retratarla lo más fidedigna posible o describía el instante que empezaba como uno más y terminaba siendo el que daba sentido a todo. Y así. Muchos momentos únicos, instantáneas de la vida. Empieza muy noventoso y luego forma un cauce que todo lo va llevando hacia un único mar. Muy personal. Decir que este derrotero de su historia muestra un crecimiento sería muy descortés, el camino del otro no es tan sencillo de vislumbrar.
Fabián Casas tiene una manera muy particular de hacer poesía, fue parte de una movida pero ya anda solo hace rato. Hay muchos guiños a lo largo de sus textos (a otros autores, a otros libros, a cosas muy suyas), mucho barrio, a veces hay mucha información en un par de líneas. Por momentos es profundo, por momentos es más ácido. Nos deja pensando o nos deja una mueca extraña en la cara.
Vale la pena.

Dos últimos temas:
No es mala idea leer El Horla de Maupassant  para tener una idea del primer chispazo que llevó a todo esto. Nunca está de más y en Internet se encuentra fácil.
De ahora en más, si compro un “obras completas” no lo voy a leer entero, de un mismo saque. Me es mucho. Hay que darle tiempo a demasiadas pequeñas frases. Desde ahora se compra el obras completas y se lee la obra editada. De a uno por vez. Conste esto como un aviso.

Horla City y otros. Toda la poesía 1990 – 2010
Fabián Casas (1965)
Emecé Cruz del Sur

06 julio 2012

La muerte de la polilla y otros ensayos, de Virginia Woolf

 
Al comprar este libro me vinieron dos cosas a la cabeza:
1.- Cuando uno lee ensayos suele ser de alguien que sabemos que nos puede influenciar. Y eso está bueno.
2.- Los textos post mortem (por ende, sin la corrección final del autor ni el cuidado o el prurito de publicar algo que verdaderamente no vale la pena) no son de fiar. Y eso no está bueno.
Acá pasan las dos cosas. Por suerte, mucho más de lo primero que de lo segundo.

Virginia Woolf al momento que decidió irse de este mundo tenía ya un nombre y era reconocida. Esto se refleja bien claramente en este compilado de ensayos que editó (una vez más) su marido en 1942, un año después que su mujer se deje llevar a lo más profundo del agua. Para datos morbo, googlear que se encuentra fácil.

Un buen número de diarios recibía columnas, pensamientos, reseñas y otras yerbas de una Woolf que encaraba un sinfín de temas con solvencia y elegancia. No olvidemos  que su padre era un afamado crítico literario y que en su casa las tertulias con los intelectuales de la época eran cosa de todos los días.
El libro se puede dividir en tres partes: ensayos libres, reseñas de libros y textos de literatura. Se aprecian mucho esos textos donde la ficción tiene más presencia (o aquellos que escapan un poco a lo que se puede ver en los diarios); y ella también, como todos los que escriben, leía mucho y aprovechaba para hacer comentarios sobre lo que supo estar en su mesita de luz. Uno de los géneros que parece que eran de su gusto eran los libros de “cartas”, la literatura epistolar. Varios personajes poco conocidos para la media del lector actual tuvieron la suerte de ser leídos por Woolf: una tal Madame Sévigné que escribía dos cartas a la semana a fines del siglo XVII (?), Horace Walpole que escribía cartas para la posteridad (??) y el reverendo William Cole (???). Son la parte más floja del libro.

A veces también el paso del tiempo es injusto; particularmente cuando Woolf dice que la historia nunca va poder ser novelada, que nunca va a poder sobrevivir si se le agrega algo de ficción. Los éxitos en venta de un sinfín de autores que ahora hacen eso la dejan un tanto en off side y quizás ese texto podría haber sido dejado de lado.

Pero el libro después levanta, dándonos la alegría que buscábamos. Una Woolf mucho más cerca del rol de crítica de arte, de reseñista (palabra que no conocía) que de esa autora que marcó un par de cátedras a la hora de escribir. Lo positivo de estos ensayos es que el análisis de los otros nos define la idea que ella tenía sobre la literatura. Pasan por el libro Henry James, Shelley, Coleridge, Forster o George Moore: grandes nombres que aunque hoy -aquí y ahora- casi no se leen, lo que nos queda son las definiciones, las reglas, los razonamientos y algunas máximas que hace. Parece que es como una excusa para poder hablar de lo que siente por los libros.

Con un sentido del humor muy brit, Woolf destroza a algunos personajes que escribían -y que hoy no encontramos en nuestras librerías- pero al final nos damos cuenta que es mucho más importante lo que escribe y no acerca de quien escribe.
Ahora, cuando no hay nombres y habla de arte todo es mejor aún. La poesía, las biografías y el arte de escribir. Ni más ni menos. Carta a un joven poeta es el mejor, lejos.

Si nunca leíste nada de Virginia Woolf, podés empezar con otras cosas antes que este libro (Orlando y Un cuarto propio, traducidos por Borges, son un ejemplo). Pero si ya tenés una idea de su prosa y su alcance este es un buen libro que te va a mostrar una nueva faceta y mantiene las cualidades literarias de siempre.

La muerte de la polilla y otros ensayos
Virginia Woolf (1882-1941)
La bestia equilátera

21 mayo 2012

Cuando cae la noche, de Michael Cunningham


Michael Cunningham escribe muy bien, y lo sabe. Con una idea simple (aparentemente simple) se florea con su prosa y nos relata una historia que en realidad está rodeada de temas complejos, como la vida misma: el amor, las frustraciones, la pasión, la belleza y un montón más. A cada paso hay preguntas que se hacen los personajes (¿o es el propio autor?), esas que uno se hace antes de responder para no meter la pata. Esas que nos acompañan desde siempre, que muchas veces ni tienen respuesta (o no las necesitan). Preguntas retóricas que le dicen.

La trama se asemeja un poco a Teorema, aquella película de Pasolini (que también es un pequeño libro que estuvo en mi casa y ahora atesoro): un joven hermoso, desestructurado, carismática y fundamentalmente libre llega a la casa de una familia para demostrar que todo lo que se creía fiable y estable no es más que una construcción endeble. Acá es una pareja madura (de cuarenta y pico), muy culta, de buen pasar que vive en New York y creen que todo lo que tienen (y construyeron con el tiempo) es para siempre hasta que llega el hermanito de ella: adicto, manipulador y dueño de una gran belleza. Todo se va desarrollando de manera muy fluida, atrapante. Y cuando creemos que va camino a lo predecible, en las últimas páginas todo cambia; todo se torna inesperado. Y la última frase es de lo mejor, porque lo transforma en un final con tinte redentor. Los personajes, los pensamientos y las sensaciones son muy bien manejadas por Cunningham, que se toma todo el tiempo para llegar hasta donde él quiere.

Estamos frente a un autor consagrado. Ganó varios premios, con Pullitzer incluido y se hizo una película con su hit: Las horas, aquella con Nicole Kidman; Julianne Moore y Maryl Streep. Americano, gay, estudioso, detallista y buen tiempista. Cada una de estas cosas suma a la hora de sentarse a leer a Cunningham y dejarse llevar por senderos que sólo él conoce y que siempre llegan a buen puerto.
Si lo ven en la librería, adelante. Y si algún amigo lo tiene, pídanselo.

Cuando cae la noche
Michael Cunningham (1952)
Lumen

06 mayo 2012

Manet, de Georges Bataille




En este excelente ensayo Bataille rehuye de su figura de provocador para darnos una idea de cómo fueron las cosas en la cultura -y en la pintura en particular - del Siglo XIX. Esa transición de lo antiguo a lo moderno fue todo un proceso, y Bataille se sirve de la figura de Édouard Manet como excusa para que intelectuales y artistas de gran renombre concuerden en sus definiciones. Émile Zola, Paul Valéry, Baudelaire, Mallarmé, André Malraux (¡hay más franceses que en la Alianza!) entran en este juego y nos cuentan distintos aspectos de la cultura del diecinueve.
También hay un sinfín de críticos que son utilizados para afirmar que nunca estuvo tan separada la idea de lo bueno con lo que finalmente quedó definido como bueno. Manet fue un incomprendido. “Nunca antes de Manet había sido tan completo el divorcio entre el gusto público y la belleza cambiante que el arte renueva a través del tiempo”. Se reían de él y de sus pinturas. Lo que hoy definimos como maravilla, en su época era tomado como una basura. “Olimpia es la primera obra maestra de la que se haya reído el público con una risa inmensa”. Y esa risa no fortaleció el espíritu del artista; Manet (siempre según Bataille) era débil en ese sentido. Él quería el reconocimiento, la fama, el apoyo de los críticos de la época. De hecho, se batió a duelo con uno que lo castigó con algunos de sus comentarios mediáticos.

Este libro, que aparece por primera vez en 1955, es una gran oportunidad para analizar un gran número de obras (infaltable Internet a la par de la lectura, para ver tantos cuadros que son mencionados), para entender y ligar las decisiones que toma un artista que no es acompañado por la sociedad. Bataille sostiene la teoría del viejo edificio, válida para el lienzo y para entender ese momento histórico: “los castillos, iglesias, templos o palacios que antes eran monumentos que proclamaban la autoridad y doblegaban a la masa entera, perdieron el sentido que lo fundaban; todo se dislocó: su lenguaje devino al fin una elocuencia pretenciosa de la que la plebe, otrora sumisa, se apartó.

Manet deja atrás el siglo XIX mucho antes de llegar al XX. Se libera de la pose exagerada de Delacroix y sus seguidores para buscar otras formas. “No pueden ser más naturales?” se quejaba ante sus modelos. “¿Así van a comprar rabanitos a la verdulería?”. Saca imágenes mitológicas y las ubica en su época (la Venus de Tiziano es pintada como una ramera), destruye el tema -es el nacimiento de la pintura sin otra significación que el arte de pintar-. Los cuadros de Manet se anticipan al fin de una época y Bataille lo explica y lo fundamenta de una manera lúcida y plural. Grandes amigos nos acompañan en este libro escrito por uno de los grandes del siglo XX sobre otro grande del Siglo XIX. A lo grande.

Manet
Georges Bataille (1897-1962)
Colección de arquitectura/IVAM Documentos

07 abril 2012

La pintura de Manet, de Michel Foucault


Parece que Foucault también sabía de pintura. No le alcanzaba con ser capote de la elite intelectual mundial; también daba seminarios o charlas sobre arte. Y este libro es uno de esos eventos en Túnez sobre el gran artista Edouard Manet.
Lo bueno de la conferencia que nos da Foucault (porque ese es el efecto que logran estos libros, estar en igualdad de condiciones que aquellos que tuvieron la suerte) es que el lenguaje que utiliza es de una simpleza más que agradable. Está más cerca de la postura de un observador, que de la del teórico con intenciones de construir discurso.

El libro es la trascripción de una charla de 1971 donde se proyectaron 10 diapositivas (con sus 10 cuadros correspondientes de Manet) mientras Foucault hablaba con estos ejemplos concretos sobre: “el espacio del lienzo”,  “la iluminación” y “el lugar del espectador”. Lo ideal es ir buscando los cuadros por Internet e ir leyendo mientras miramos la pantalla. A veces hay que esforzarse un poco porque habla (le habla al público, nos habla) y nos señala cosas concretas: “vean este marco del espejo que vemos aquí”, “el espectador se tiene que parar en este lugar” o “acá donde marca mi bastón es donde empieza el paralelo....”. Igual, son todos comentarios que con un mínimo de ganas los podemos seguir sin problemas.

En lo que se refiere al contenido, Foucault va un poco más allá de lo que siempre se dice: que Manet es el padre o precursor del impresionismo. Aparte de ser el artista más importante la segunda mitad del siglo XIX, Manet abrió el juego del espacio sobre el que se pintaba y permitió muchos de los cambios que vinieron después. Nos remite a ejemplos concretos de Mondrian, al nacimiento de la pintura abstracta y la serie de variaciones que hizo del árbol; del Quattrocento (Foucault también hizo un curso público sobre el tema en 1968) rescata a Massaccio como ejemplo de lo clásico. Y se toma un buen tiempo para el final con Un bar del Folies-Bergère, donde sus mejores características se concentran. Tómense ustedes también un tiempo y miren:





Aparte de la cara que nos mira de frente, vean su espalda, a ese señor de galera (¿por qué vemos su reflejo y no lo vemos a él?), la iluminación, el salón. Todo el contexto  se ve a través del espejo y no sabemos bien si no hay más trucos . Porque lo que ella mira de frente, nosotros lo vemos a su espalda. Un precursor, sin atisbo de duda.

A partir del Quattrocento, los artistas intentan hacer olvidar o eludir que las pinturas están insertadas en telas, maderas o paredes; crean la sensación de una iluminación originada dentro del lienzo; y la perspectiva no hace más que ayudar a esa idea de ver algo en tres dimensiones cuando en realidad es de dos dimensiones. Para Foucault, el gran valor de Manet es ser el primero que define (o inventa) al cuadro-objeto, al cuadro como materialidad, al cuadro como objeto pintado que refleja una luz exterior y frente al cual se mueve el espectador”. A partir de ahí, todo cambió y los artistas del siglo pasado también pudieron “jugar” con “lo físico del lienzo que empieza a manifestarse con todas sus propiedades en la representación”.

Ahora no me queda otra que agarrar de la biblioteca otro libro de Manet de otro grande: Georges Bataille. Hace rato que está ahí y este es su momento. En breve les diré. Ah, y si les gusta Velázquez, busquen Las palabras y las cosas, otro libro de Foucault que tiene todo un capítulo dedicado a Las meninas.

La pintura de Manet
Michel Foucault (1926-1984)
Alpha Decay

20 marzo 2012

El maldito está de moda. Novelas y cuentos I y II, de Osvaldo Lamborghini.


Lamborghini está de moda, y eso es bueno.
Para aquellos que sólo sabíamos de un relato algo lejano y ya mítico llamado El fiord, para quienes creíamos que Lamborghini era nada más que Leónidas nos es grato ver que algunas modas no son negativas. Que Osvaldo Lamborghini ahora esté en boca de muchos es bueno, porque nos acerca a una literatura bisagra, contundente, que antes era difícil de conseguir. Y eso merece ser festejado.

Por ahora estuve con los dos primeros volúmenes de sus “obras completas” (me falta Tadeys y Poemas 1969-1985). La importancia de la palabrita “completas” es que la gran mayoría de la obra de Lamborghini no fue publicada en vida. El fiord, Sebregondi retrocede y Poemas fueron sus obras publicadas; pero ahora hay mucho más.

El primer volumen es imbatible, nos muestra al mejor Lamborghini, el que juega con los géneros (¿cuentos? ¿poesía? ¿todo junto?); el que está relacionado con su vida cotidiana, con la política; el que habla de Perón, Maradona o Menguele; el que discurre entre Kafka, Bataille y José Hernández; el que puede ser tan repulsivo como tierno; el que se mueve entre la parodia y su violencia; el que llorisquea pero manipula la diferencia entre el que escribe y el que publica. Un tipo único, un maldito.

Dicen que cuando Marechal leyó El fiord, lo definió como “perfecto. Una esfera. Lástima que sea una esfera de mierda”. Si fue cierto o no, poco importa. La leyenda ya estaba signada. Y con El niño proletario terminó de patear el tablero. Los de la época decían que era demasiado; como que no lo podían digerir.

El segundo volumen está mucho más relacionado con los relatos aunque siempre mantiene esa noción de subvertir su propio relato. Arranca con la historia de un gordo culón (Nal, para los amigos. Nal de nalga, obvio) que pasa por una situación bien increíble y bien argentina que nace de un empleado un tanto mamado que le dice a otro: “Hermano: te quiero tanto que te chuparía la pija si fuera puto, y vos sabés que yo no soy puto”. A partir de ahí, todo se desmadra. Pero lo mejor viene cuando el relato nos cuenta el pasado de nuestro Nal y Lamborghini cambia tanto su historia, que ya no puede volver a ser el mismo del inicio; terminan siendo dos tipos distintos. Uno era padre de familia y el otro acabó siendo un puto de aquellos. El mismo tipo, dos tipos. Genial! El cuento se llama La causa justa.

Y después vienen los Fragmentos. Pequeños retazos de relato, que a veces no tienen final, que a veces tienen paréntesis y puntos suspensivos (se perdieron algunas hojas) y que otras apenas se entienden pero que sorprenden y cautivan; esas dos cosas que todos los lectores agradecemos, buscamos y apostamos a la hora de regalarle nuestro tiempo al libro y su autor.

Siempre todo tiene un tinte homosexual. Sus personajes en algún momento van a tener un momento para una pormenorizada relación gay. Es ahí donde el relato se pone ágil y los términos guarros. “La homosexualidad mueve a las estrellas y al sol” dice uno de los personajes y Lamborghini cree en ello a rajatabla.

Punto aparte se merece César Aira, el incansable. Escritor más que prolífico, traductor y también compilador de estos volúmenes. Desde este humilde lugar, le agradezco la oportunidad de conocer a este gran escritor. También hay una biografía de la que todos hablan muy bien escrita por Ricardo Strafacce. La figura de Osvaldo Lamborghini crece y todos los que gozamos con la literatura debemos estar de festejos. Salud a todos!

Novelas y cuentos completos I y II
Osvaldo Lamborghini (1940-1985)
Mondadori

11 enero 2012

Neue Deutsche Literatur. El protocolo de Weber, de Nora Bossong

 
Nora Bossong es una de “las nuevas voces de Alemania”. Si uno googlea su nombre, todos los link dicen lo mismo: ganadora de premios y becas, talentosa escritora de la nueva generación, dueña de una sofisticada técnica narrativa.
Eterna cadencia trajo este libro y es una buena idea que haya en Argentina autores que tengan sólo dos libros. Que podamos seguir su crecimiento y no que lleguen sólo esos hits mundiales. La editorial, la crítica de grandes diarios y Google: “Bossong administra con destreza saltos temporales y voces en busca de los matices del multifacético Weber”. Y me convencieron y lo compré.

El libro es bueno. Es un poco ambicioso y creo que los saltos temporales por momentos son forzados; que la autora se preocupa más por lo formal que por la historia que está contando. Más que nada en el inicio. Pero una vez que el libro carretea lo suficiente, levanta vuelo y se pone bueno.

Se basa en un gris personaje, diplomático de segunda categoría que tiene como único arte pasar desapercibido. Lo bueno es que con el correr de las páginas, vamos conociendo al verdadero Weber. Y vamos entendiendo el porqué de sus movimientos, sus principios y valores.

Lo otro que me interesó cuando leí la crítica, era que hablaba sobre la Segunda Guerra Mundial. El personaje del libro, Weber, tiene como destino la ciudad de Milán en 1943. Los alemanes al día de hoy siguen sin resolver las atrocidades de los nazis en la guerra (además del apoyo masivo del pueblo) y nunca canalizaron esos pésimos momentos a través del arte. Acá, en Argentina, luego de nuestro desastre llamado dictadura militar, en vez de hundirnos en la culpa, todo eso sirvió para dar contenido a  libros, películas y demás expresiones.  Muchísimo. Para algunos demasiado, para otros (como yo) nunca es demasiado. Volviendo a los alemanes, ellos nunca se permitieron eso; tienen una vergüenza atroz. Bueno, en este libro apenas se esboza el tema. Como si realmente fuera tema de protocolo; es todo muy elíptico, muy metafórico. Hubiera estado bueno un poco más de profundidad. ¡¡¡La historia de Weber transcurre en 1943, plena guerra mundial!!! Y casi nada.

Dos últimos comentarios. Ojo que hay unas poquitas faltas de ortografía y algunos errores en los nombres. Hay alemanes con apellidos  difíciles de escribir, pero a veces el personaje de Anna, se escribe Ana....
Y attenti que la poesía de Bossong también es buena. En Inernet hay algunos ejemplos:

Una buena opción para el verano. Tengamos en cuenta que es su segundo libro, que quizás le falte un golpe de horno, pero está bien.

*Neue Deutsche Literatur: Nueva literatura alemana

El protocolo de Weber
Nora Bossong (1982)
Eterna Cadencia