Banana Yoshimoto escribe de manera sencilla, límpida. Sus cuentos no necesitan ser releídos, no buscan ser complejos. Tiene una capacidad interesante de describir, tanto las situaciones como a sus personajes. Pero sus relatos me parecen un tanto lejanos, difíciles de abrazar. No es porque sus historias sucedan en Tokio, ni porque sean textos de la última década del siglo pasado. Tampoco creo que sea culpa de la traducción, tan española que parece que sus personajes van caminando por la Gran Vía madrileña.
El tiempo y el lugar nunca fueron obstáculos a la hora de leer. La idea de dejarse llevar y sorprenderse por alguien distante y distinto también nos excita cuando agarramos un libro en nuestras manos, nos acomodamos para estar un buen rato y nos sumergimos en ese mundo que nos proponen los autores.
Quizás lo que más me costó del libro fue la dificultad de encontrarle un estilo definido (aunque James Joyce escribió cada capítulo de su Ulises con un estilo diferente, pero no creo que sea justa esta comparación). Por momentos Yoshimoto nos ofrece un cuento con tintes fantásticos, donde seres con rasgos humanos no son lo que parecen, y están entre nosotros con el fin de ayudarnos. Eso pasa en el primer texto. En el segundo cuento, el que da nombre al libro, vuelve a merodear lo fantástico pero mezclado con terapias alternativas (hablamos de poderes de sanación) y angustias infantiles. Luego deja esta vertiente para hablar de “gente común”; de historias introspectivas, profundas. Personajes que llegan a un límite, a ese punto donde todo va a cambiar para siempre. Y ellos lo saben.
Es cierto que al inicio de las historias la fluidez de sus relatos nos va llevando suave y sabiamente por los rincones que impone la autora, pero luego se me cae todo. Y pierdo interés en aquellos que ven un rayo y jamás lo olvidarán, en los que encuentran las respuestas a todo gracias a una comida típica de Corea llama kimchi, o en jóvenes que se sienten perdidas y dudan de su futuro. La mejor historia es la última, que mezcla amor con sexo exagerado, la locura de una madre y la contención de un padre y hace una buena descripción del poder, el lujo y lujuria de Tokio.

No hay caso, por más que lo intente con Banana Yoshimoto no puedo tener afinidad.
Lagartija
Banana Yoshimoto (1964)
Tusquets Editores