29 diciembre 2011

¡Le vi la cara a Dios! Matrimonio del cielo y el infierno y otros, de William Blake.


 
William Blake era un místico, de chico decía que veía ángeles y santos, y de grande tuvo visiones de Cristo, los apóstoles y hasta le vio la cara a Dios asomándose sobre su ventana. Este dato no es para nada menor porque toda su producción artística estuvo ligada a sus visiones y a sus creencias religiosas. Todo: sus pinturas, grabados, poesías, sus cartas (que, para variar, también llegaron a ser libros). Tuve la suerte de ver algunos de sus grabados en el Tate Britain y nunca creí que me pudiesen gustar aquello que siempre vi demasiado duro y estático; pero esto era diferente. La fuerza de esas imágenes me dejaron (una vez más) con la sensación de que no entiendo nada, de que falta demasiado por aprender. De ahí que luego compré este libro. 

El libro son tres volúmenes juntos: Canto de inocencia(1789), Canto de experiencia (1794) y Matrimonio del Cielo y el Infierno (1790).
Los primeros dos son complementarios; uno más inocente y otro más oscuro. Uno bien de época, romántico (lleno de aves, praderas y niños jugando) y otro más duro (familias pobres, niños que tienen que trabajar en fábricas, finales no felices), como aquellos cuentos/películas de niños sucios e inocentes que vagan por las húmedas noches de Londres. En Canto de experiencia Blake está enojado y su bronca se plasma en versos muy buenos: tanta codicia, tanta ambición generan esas desigualdades que comienzan a vislumbrarse en aquel naciente capitalismo. De todas maneras, los ángeles siempre están presentes; el tipo decía que él no escribía, que alguien le dictaba absolutamente todo. Un místico total.


Pero el punto alto está, claramente, en el Matrimonio del Cielo y el Infierno. Aquí, se aleja de la mentalidad maniquea típica del bien y del mal y deja en claro que el mal vive en el bien y el segundo del primero. Se adentra en el mal para poder entenderlo y, luego, utilizarlo. La fuerza liberadora, la fuerza creativa viene del deseo, del demonio.
“Sin contrarios no hay proceso. Atracción y repulsión; razón y energía; amor y odio; son necesarios a la existencia humana. De esos contrarios brota lo que los religiosos llaman bueno y malo: bueno es lo pasivo que obedece a la razón; malo, lo activo que nace de la energía.” Y para nuestro poeta: “energía es delicia eterna”.

Hasta le ayudó a Jim Morrison a bautizar a su banda, previo homenaje de Huxley y su experimento con la mescalina:
“Si las puertas de la percepción estuvieran purificadas,
todas las cosas se le habrían mostrado al hombre como realmente son: infinitas.
Pues el hombre se encerró en sí mismo hasta el punto de ver
todas las cosas a través de las estrechas grietas de su caverna.”
Y cuando le da voz a los demonios va un poco más allá: “El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría.” La década del ’60, feliz con su nuevo interlocutor.

Era un tipo raro, dicen que él y su mujer se sentaban a leer a Milton desnudos en el jardín. Si eso es raro hoy, en 1800 imaginen.

Este es un libro difícil. Estuvo en la mesita de luz varios meses porque es poesía compleja, no de esas que vas leyendo de a poquito. La edición bilingüe de Visor de poesía sirve mucho porque tiene términos y estructuras del inglés antiguo y porque siempre es mejor tratar de leer poesía en su lengua original.

Vale la pena, cuesta pero vale la pena.

William Blake (1757-1827)

Matrimonio del cielo y el infierno
Cantos de inocencia
Cantos de experiencia

Visor

16 diciembre 2011

Me regalaron un libro de Woody Allen.

 
Y no sabía bien qué hacer. Porque Woody Allen ya no me gusta tanto pero a su vez me daba cosa cambiar el regalo. Aparte, quien me lo regaló siempre gusta de discutir y hablar de libros, y no era un detalle sin importancia si lo cambiaba.

Y todo esto ya me predispone a la hora de leer.

Un amigo me contó, bastante preocupado, que su mamá le había regalado un libro de Alejandro Apo (sí, el del fútbol) y tampoco sabía bien qué hacer. Igual no creo que lo vaya a leer. En cambio yo sí. Aunque también estuve tentado un par de veces de dejar el libro sin terminar. Y para algunos eso es aún peor que cambiar un regalo, aunque yo creo que hay tanto para leer, que si el libro no gusta se cierra. Sin culpa. Y ahora vamos por Allen.

El libro se llama Pura anarquía y es un compilado de cuentos cortos, muchos de los cuales se publicaron en la famosa revista The New Yorker (obvio, si no hay algo relacionado a New York, Woody no funciona, no camina, no garpa). Estos cuentos, como sus películas, tienen como eje casi único y central su propia persona. El tema es que aquí, como en sus películas, hay cosas para el olvido.  A veces pienso que a Allen le cuesta al paso del tiempo; su humor, su forma de ver el mundo, su empatía con el lector/espectador de cine sufrió por momentos. Algo se terminó, se rompió. Y él, testarudo como es, va y lo hace de nuevo. El temas es que cuando lo hace bien, le sale bien.
Pero acá algunos de sus chistes relacionados con los mejicanos o los gitanos hoy pueden ser tomados como insultantes. Sus juegos de palabras remiten a un tipo de ingenio que ya no produce asombro ni mueca alguna. Y su estilo es demasiado lineal y bastante predecible.

Pero Woody es Allen. De vez en cuando sorprende con alguna idea y tiene una trayectoria que hay que respetar. Su problema con este libro, a mi humilde y aficionado entender, es que está más preocupado por meter un chiste cada dos líneas (viejo adagio del humor americano) que por contar buenas historias. Sus cuentos Asi comió Zaratustra -donde mezcla filosofía y cocina- y Sorpresa en el jucio de la Disney -con jugosos chimentos de los dibujos animados y medio Hollywood- son buenos y este que les dejo acá puede ser de lo mejorcito. Fíjense: http://www.scribd.com/doc/6936023/Woody-Allen-Pura-anarquia.

Pero el resto es flojo y para colmo hay un irresponsable en la contratapa que dice que “Woody Allen merece el Premio Nobel de Literatura”. Y eso me predispone peor , es una falta de respeto para con los lectores.

Así que si ven este libro con un DVD de Bananas de oferta, sigan de largo que seguro unos metros más adelante encuentran algo mejor.

Pura anarquía
Woody Allen (1935)
Tusquets

02 diciembre 2011

Placeres de lo sublime, por Harold Bloom.



Esta vez escribe Harold Bloom, gran crítico literario.

En esta introducción de Anatomía de la influencia, Bloom reflexiona sobre su tarea de crítico y dice que cualquier distinción entre literatura y vida es engañosa


Recuerdo vivamente, con una mezcla de afecto y humor, el primer trabajo que escribí para William K. Wimsatt hijo, quien me lo devolvió con el categórico comentario: "¡Es usted un crítico longiniano, cosa que aborrezco!". El único tratado que poseemos del más adecuadamente llamado Pseudo-Longino debería traducirse como "De las alturas". Pero por ahora no podemos pasar sin De lo sublime, aun cuando la palabra "sublime" no esté muy en boga.
Ser un crítico longiniano consiste en celebrar lo sublime como la suprema virtud estética, y asociarla con cierta reacción afectiva y cognitiva. Un poema sublime nos transporta y eleva, y permite que la "nobleza" de la mente de su autor agrande también al lector. Para Wimsatt, sin embargo, ser un crítico longiniano consistía en desacatar un concepto clave de la Nueva Crítica, la tradición de la que él era un acérrimo defensor.
La Nueva Crítica era la ortodoxia imperante cuando yo hacía mis estudios de posgrado en Yale, y muchos años después. Su mesías fue la figura bicéfala Pound/Eliot, y su rasgo definitorio era el compromiso con el formalismo. El significado del así llamado "objeto crítico" debía encontrarse solo dentro del objeto mismo; la información acerca de la vida del autor o las reacciones de sus lectores era algo que se consideraban simplemente engaños.
Hace tiempo ya que la Nueva Crítica no domina los estudios literarios. No obstante, las innumerables modas críticas que la han sucedido no han sido mucho más receptivas con Longino. En la prolongada Edad del Resentimiento, la experiencia literaria intensa es meramente un "capital cultural", un medio para acceder al poder y la gloria dentro de esa economía paralela que es para Bourdieu el campo literario. El amor literario es una estrategia social, más afectación que afecto. Pero los críticos poderosos y los lectores poderosos saben que no podemos comprender la literatura, la gran literatura, si renunciamos al amor literario auténtico a los escritores o a los lectores. La literatura sublime exige una inversión emocional, no económica.
Sin dejarme afectar por los que me describen como un "teórico de lo sublime", reivindico alegremente mi pasión por los difíciles placeres de lo sublime, desde Shakespeare, Milton y Shelley hasta Yeats, Stevens y Crane. También me declaro alegremente culpable de los cargos de ser un canonizador incesante. No puede existir ninguna tradición literaria viva sin la canonización secular, y los juicios del valor literario no significan nada si no se hacen explícitos. Sin embargo, la valoración estética ha sido vista con suspicacia por los críticos académicos desde comienzos del siglo XX al menos. Hablar del arte de la literatura se considera una violación de la responsabilidad profesional. Cualquier profesor universitario de literatura que emite un juicio sobre el valor estético -mejor, peor, igual a- se arriesga a que lo tachen sumariamente de aficionado total. Así, el profesorado literario censura lo que el sentido común afirma e incluso sus miembros más porfiados reconocen al menos en privado: la gran literatura existe, y es posible e importante identificarla.
En mi papel de crítico veterano sigo leyendo y dando clases porque no es un pecado que un hombre trabaje en su vocación. Mi héroe de la crítica, Samuel Johnson, afirmó que solo un asno escribiría por cualquier cosa que no fuera el dinero, pero esa es solo una motivación secundaria. Yo sigo escribiendo con la esperanza stevensiana de que la voz que es grande dentro de nosotros se levante para responder a la voz de Walt Whitman o a los cientos de voces que inventó Shakespeare.A mis alumnos y a los lectores que nunca conoceré sigo insistiéndoles en que cultiven la sublimidad: que se enfrenten solo a los escritores que son capaces de darte la sensación de que siempre hay algo más a punto de aparecer.

14 noviembre 2011

Boulevard Central. Imaginando ciudades, de John Berger y David Harvey


Pequeña reseña para un pequeño libro. Pensar o imaginar las ciudades es algo de siempre, un acto de avanzada de unos pocos por sobre todos los que las vivimos. En el 2006 hubo en Buenos Aires un Encuentro de Pensamiento Urbano del que yo no estaba, obviamente, ni enterado. A partir de ese encuentro salen estas “conversaciones” con dos personalidades como John Berger y David Harvey. Dos británicos, marxistas y muy lúcidos.

John Berger es un conocidísimo crítico de arte. Un intelectual, que hace o hizo casi de todo: pintor, docente, crítico; escritor de ensayos, ficciones, poesía, de todo.
A pesar de esto, su momento en el libro decepciona un poco. Con todas las cosas que es capaz este hombre de decir, acá no dice mucho. O mejor dicho, no profundiza. Con un interlocutor que no ayuda a la fluidez, se plantean algunas buenas cuestiones: la relación ciudad/campo (escribió mucho sobre esto), ricos y pobres, vivir y sobrevivir y algo de pintura y literatura. 

Quizás lo más jugoso de estas conversaciones con Berger es que pone luz sobre un viejo mito urbano que recorrió el mundo (o nuestra ciudad) al inicio de la época de los teléfono celulares. Transcribo: “Hay una historia de Eduardo Galeano que debe suceder en su ciudad. Un hombre camina con su celular y de pronto lo pisa un colectivo de línea mientras estaba hablando consigo mismo. ¿Estaba simulando hablar con alguien o realmente hablaba con alguien? El teléfono era de juguete. No funcionaba....”. Pobre Berger, si esto es lo que rescato de sus conversaciones...

Lo de David Harvey es una conferencia y fluye muy bien.
Comienza con una fundada crítica a la incapacidad de la izquierda para definir una política económica alternativa al capitalismo en los últimos... 150 años! Durísimo!

Y luego hace un análisis muy interesante sobre dos momentos puntuales: la reconstrucción de París de 1848 y la suburbanización de New York en 1950 y 60.
Cuando no hay donde ubicar el superávit, cuando no se encuentra algo lucrativo para  invertir grandes cantidades de dinero se produce una crisis. Y muchas veces la mejor solución es la reconstrucción o remodelación de esas ciudades emblema. Así se logra absorber ese superávit.
En París hubo una restauración del poder clasista y el estilo imperial. Y en Nueva York se invirtió una millonada para que los residentes de NY se movieran de la Gran Ciudad en busca de un lugar “mejor”. Según Harvey, este proyecto metropolitano de suburbanización salvó al capitalismo. Aunque sea por un tiempo, porque después vino la segunda parte: que NY empiece a ser muy caro, que los latinos y negros que allí vivían se tengan que ir,  que sea una meca del turismo (con el famoso I ♥ NY), y que finalmente vuelva a imponerse la ciudad como el centro financiero mundial. Esta parte del libro es muy buena.
Ahora, mientras leía el librito volví a encontrar en un estante de librería Las ciudades invisibles de Italo Calvino. Me acordé lo bien que la pasé mientras lo leía y no pude resistirme a la edición de Siruela. Ya escribiré sobre eso también, pero más adelante. Que empecé diciendo que era corta la reseña y no cumplí.

Boulevard Central
John Berger y David Harvey
Edhasa

02 noviembre 2011

La memoria de los perdedores. La verdadera historia de América. De Eduardo Galeano.



En 1533 Francisco Pizarro es el hombre más rico del mundo. Su parte del botín, luego  del saqueo del Cuzco es el doble de lo que gasta en un año la Corte de Carlos V con sus 600 criados –sin contar la litera del Inca Atahualpa, 83 kilos de oro puro, que es su trofeo de general.

Canoa: nave de un madero. La primer palabra que América aporta a la lengua castellana. 1495.

En las costas del Caribe, en 1599, los tairona se rebelan porque desde que llegaron los españoles no pueden amar según sus costumbres. Desde lo más lejano de los tiempos se divorciaba quien quería y hacían el amor los hermanos, si tenían ganas, y la mujer con el hombre o el hombre con el hombre o la mujer con la mujer. Así fue en estas tierras hasta que llegaron los hombres de negro y los hombres de hierro, que arrojan a los perros a los que aman como los antepasados amaban.

El Tribunal del Santo Oficio de Lima condena por solicitantes de monjas a un fraile dominico, a un agustiniano y a un jesuita. Bartolomé de Lagares, marino, será castigado por afirmar que siendo soltero y en pagando, no se comete pecado.

Una noche en Yucatán, Fray Diego de Landa arroja a las llamas, uno tras otro, los libros de los mayas. Alrededor del quemadero, los herejes aúllan cabeza abajo.
Esa noche se convierten en cenizas ocho siglos de literatura maya. Todo el saber de un pueblo nacido antes que Cristo.



Estamos ante una manera distinta de contar la Historia. La propuesta de Memoria de fuego es un desarrollo de historias en pequeños capítulos de dos o tres párrafos, una página a lo sumo. Con más de 200 libros como fuente. Todo pasado por la exquisita pluma de Eduardo Galeano: un lujo revisar la/s historia/s así.
Se habla de robo (saqueo), de muerte (extinción), ambición; de lo cotidiano. Del americano y del europeo. Todo un libro contando verdades. Un acto agotador el de Galeano.
La primer parte reproduce relatos y mitos indígenas de un sinfín de cosas: el sol, la luna, el tiempo, algún animal o un profeta. Y luego se despacha con pequeños relatos de personajes que hicieron Nuestra América. Los que sí, los que no y los que estuvieron en la escena. Como reseñas de época; desde la creación del mundo hasta 1700. Mucha/s historia/s y bien contadas. Galeano compila con detalles precisos (y preciosos) y reescribe otra historia de América.

Este es el primero de sus tres volúmenes, escrito hace casi 30 años. Los siguientes son:
Las caras y las máscaras: siglos XVIII y XIX
El siglo del viento: siglo XX

Dejo un link con algunos capítulos.

Sin dudarlo: si lo ven, llévenlo. Hay una nueva edición en todas las cadenas de librerías que está más que bien.

Memorias del fuego I. Los Nacimientos.
Eduardo Galeano (1940)
Siglo veintiuno

Para leer la reseña del segundo volumen:
http://fernandolojo.blogspot.com.ar/2014/02/eduardo-galeano-y-otra-leccion-de.html 

04 octubre 2011

Las ratas están por todos lados. Copi


Cada vez que veo un libro de Copi lo compro. Me quedó esa costumbre de cuando era un autor casi desconocido; no como ahora, que hay a mano reediciones, antologías y cuentos completos. Antes, si veías alguno, lo agarrabas rápido mientras seguías paseando por la librería.

La conjunción de este gran personaje es infalible: nieto de Natalio Botana; nacido en el exilio -pero cuando todos volvieron, él se quedó en Paris-; con cuentos llenos de locas, transexuales y marginales; grandes dosis de ironía; y con historias que no se preocupan por sintaxis ni gramáticas. Hizo de todo: novelas, cuentos, teatro, comics....

Habiendo tantas ratas por ahí, había que leer el libro. Porque casi todos los personajes de Copi tienen algo de rata, algo de ese egoísmo que hace que no duden en cagar al otro si es necesario.

Pero La ciudad de las ratas tiene una gran diferencia con el resto de los libros de Copi: no tiene ninguna referencia a la Argentina o al argentinismo. Porque él siempre fue una argentino viviendo en París; o sus historias transcurren en Argentina o sus personajes son argentinos. Siempre. Salvo acá.
Acá son ratas parisinas, que viven una historia muy extraña (para variar) con cruces fieros con los humanos, con el Dios de los hombres y con el resto de los animales. Sin contar algunos adefesios como un atún con patas de cerdo, o el sapo con cola de pavo real, o el grifo “tal como es un grifo”.
Y el resultado es dispar, quizás porque cuesta la identificación, por su pretensión de tomar al género humano (o al francés, a secas) como punto de partida y de llegada. Acá no hay argentinos, hay muchos guiños a la Revolución Francesa, la Cité de París, a la Guerra Fría, al afán de conquista de los países centrales y demás. Pero ni un choripán, ni un peronista o una mención a Buenos Aires. Y ahí cuesta más.
Sin duda, su mejor momento es cuando se cruza la Corte de la Ratas con el Dios de los Hombres. El relato del descontrol que hicieron Adán y Eva en el paraíso y el final de la discusión son brillantes. De lo mejor del libro.

Si van a atreverse a Copi, aconsejo empezar con libros como La Internacional Argentina, El baile de las locas o la obra de teatro Eva Perón (no apta para ultra peronistas sin vuelo). Luego de esa panzada, avanti con La ciudad de las ratas. Porque Copi no defrauda.

El dato inútil: Copi es el seudónimo de Raúl Damonte Botana. Ah, y si encuentran el comic Las viejas putas, vayan directo hacia él, a los codazos (para mí es mejor que su famosa Mujer sentada). Y de eso, todavía no hubo reediciones ni nada.


La ciudad de las ratas
Copi (1939-1987)
El cuenco de plata

10 septiembre 2011

La sangre derramada, de José Pablo Feinmann



Con una sencillez que apabulla y un discurso casi de barrio, Feinmann nos acerca a aquellos pensadores que marcaron el saber de los últimos tiempos: Hegel, Sartre, Arendt, Kant, Heidegger, Lipovetsky, Marx, etc. Y los pone al servicio de su repaso por la (violenta) historia argentina.

El libro consta de tres partes bien diferenciadas.
La primera es un análisis de los grandes momentos del siglo XX.
El nazismo, los golpes de Estado, el peronismo, el colonialismo, la violencia militar, Montoneros, Guevara. Todo pensado y expuesto desde un marco teórico filosófico, pero muy entendible. Creo que ese es uno de los mayores logros del libro: Filosofía para todos. Ideal para los que coqueteamos con los términos filosóficos sin profundizar demasiado.

La segunda parte es historia pura. Las muertes violentas del Siglo XIX: Liniers, Quiroga, Lavalle, J.J. Urquiza, el “Chacho” Peñaloza. Un análisis impecable, sobre todo de esa manera tan particular de hacer política que tuvo nefastas consecuencias en el siglo que le siguió.

La tercera parte es la más exigente para el lector. Un conjunto de reflexiones del fin de milenio (el libro se publicó en 1998) donde intenta sacar en limpio qué cosas buenas y qué cosas malas nos dejó el siglo pasado. El triunfo del mal es inobjetable pero la propuesta es que no nos dejemos llevar por el desencanto, que dudemos de lo impuesto. Que si lo hizo Kant, nosotros como ciudadanos podemos. Nos tiene demasiada fe el amigo Feinmann...

El libro vale la pena porque -una vez más- es muy crítico con ciertos tópicos y con gente a la que casi nadie se le atreve. Ejemplos:

Con claridad y contenido, destroza al personaje del Che Guevara, culpándolo en gran parte de la “sangre derramada” en América Latina debido a su ideal de generar varios Vietnam, focos insurreccionales o guerrillas, sin importar si las condiciones concretas estaban dadas.

De la conducción de Montoneros, ni hablemos. Los acusa de entregar a los perejiles (Pérez+giles: mezcla de anónimos: Juan Pérez + tontos o ingenuos) que hicieron el trabajo de base antes del golpe y quedaron a merced de la violencia militar, que de la noche a la mañana se quedaron solos, entre sus ideales y el plomo militar mientras la cúpula deliraba desde el exilio.

Una buena crítica para la izquierda del Siglo XXI:
Hay una frase del Manifiesto de Marx que dice: “La victoria del proletariado es inevitable.” La izquierda durante muchos años tomó a rajatabla esta frase y pensó que la utopía estaba garantida, que el devenir de la historia nos llevaría a ella. Feinmann propone cambiar este axioma. Como hombre de izquierda, dice que ya hay multitud de evidencias (la experiencia histórica) que nos llevan a pensar que se hace necesaria la construcción o búsqueda de esa utopía. Hablando mal y pronto, que si nos quedamos esperando que no haya más desigualdades la cosa va a seguir empeorando.

El análisis de la violencia del excluido social es excelente:
Antes, los explotados eran necesarios para el funcionamiento del sistema. Había burguesía porque había clase obrera. Unos dependían de los otros para mantener la relación dialéctica. Ahora, los excluidos son casi como descartables, sustituibles. El sistema ya no necesita de un montón de gente. Y, por ende, su desamparo es absoluto.
Entonces, al excluido le alcanza con comprar un revólver y convertirse en un delincuente para estar nuevamente dentro de sistema; en el último escalafón, pero al menos está adentro.

El único punto negativo es que a veces uno nota que hay ciertos análisis demasiado cerca de la fecha en que se escribió el libro y, años después, quedaron desfasados: el fin de la historia, la globalización y otros. Analizar sin un tiempo prudencial trae esas complicaciones. Pero es mínimo el efecto negativo frente al tremendo favor que nos hace este señor que nos plantea las cosas de una manera increíblemente clara, eficaz e inteligente.

Es un libro necesario para todos aquellos a quienes les gusta la política, la historia y la filosofía. Nos agrega contenido para nuestras discusiones, mucho contenido.

La sangre derramada
José Pablo Feinmann (1943)
Booket

09 agosto 2011

De que hablamos cuando hablamos de Carver

Raymond Carver escribió sólo cuatro libros en vida y muchos dicen que fue el escritor americano más influyente en la segunda mitad del siglo XX.
Las contratapas se llenan de comentarios como “talla piezas de prosa austera”,  “su estilo es escueto, lacónico, opera por sustracción” y demás.
Sus personajes suelen ser borrachines, sus historias son como fragmentos de una historia y sus finales siempre son abruptos. Todo un estilo, bien americano por cierto.
A mi los americanos me cuestan bastante, no son de mis preferidos. Salvo excepciones me parecen mejores guionistas que escritores, pero siempre con buenas historias.

El tema es que ahora sale un libro que es el original del “De qué hablamos cuando hablamos de amor”.  ¿Qué significa esto? Carver escribió un libro que era el doble de largo, con un estilo más humano y tierno y con finales distintos (!). Un editor llamado Gordon Lish tachó tantos párrafos que el original de 200 páginas quedó en 100, cambió el final en 12 de los 17 cuentos y armaba las frases con ese estilo lacónico y austero. Una barbaridad. Hay un cuento que fue achurado en un 87 %. Termina siendo otro cuento, no el original.

A los que les gusta Carver este libro es una especie de prueba de fuego al amor. Si te gusta Carver, no sé si te va a gustar. A los que nos gusta la literatura (o cualquier expresión artística) nos genera una inquietud: ¿cuántos Lish hay en la literatura? ¿cuántos Lish hay en el arte? ¿cuánto le pertenece una obra al artista? Y quizás lo más importante, ¿cómo hacemos para enterarnos cuando meten mano?

Se llama “Principiantes”, hasta el título le cambió este Lish.

Principiantes
Raymond Carver (1939-1988)
Anagrama

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq



Este francés de difícil apellido que acaba de ganar el premio nacional de las letras en su país (Premio Goncourt) es un hit editorial y muy controvertido. Le gusta las declaraciones polémicas, tiene ese toque francés del derrotado, del hombrecito gris y deprimido que va por la vida sin que nadie se dé cuenta. Suele cargar con mucha angustia a cuestas y, en cuanto puede, habla mal de las mujeres.
Antes de dedicarse a la escritura, Michel Houellebecq era analista de sistemas y ese es el trabajo del personaje central de ésta, su primera novela. Un perdedor en el ámbito económico y sexual, que coquetea con el sinsentido del asesinato y el suicidio. Sus días son todos iguales, todo es tedioso y parece que nada va a cambiar el fastidio en el que se ha transformado su vida.

Ampliación del campo de batalla vale la pena. De todas maneras, para empezar con el pie derecho propongo leer primero Las partículas elementales. Gran libro. Y si gusta, avanza con éste o con Plataforma (dicen que es tan bueno como Las partículas...., pero no lo leí).
Típico exponente de la literatura francesa, Houellebecq critica a la moral, a la economía, a su propio país y al mismísimo estilo de vida que todos llevamos hoy en  día. Y, para colmo, no tiene necesidad de mostrarnos cuál sería la otra opción. Típicamente francés.

Ampliación del campo de batalla
Michel Houellebecq (1956)
Anagrama


Ante el morbo de la gente. Ariel, de Sylvia Plath



Sylvia Plath tenía algo así como un estigma. Su poesía es densa, obscura y complejísima por momentos. Atormentada. Aunque también podía ser tradicional, con todo lo que ello puede significar.

Se la llamaba poesía confesional y es de mediados del siglo pasado; Ariel, el  libro al que me refiero es de1963, por ejemplo.

Sylvia Plath se suicidó antes de que el libro se editara. Pero tampoco tardaron tanto en ponerlo a la venta; casi que estaba tibia...
Vamos con el morbo. Ella mete la cabeza en el horno y se suicida. Les deja el desayuno a sus niños y comete la locura. Meses después, sus textos estaban en la calle con varios indicios premonitorios... El último poema fue escrito seis días antes; Filo (Edge), se llamaba.

Ariel fue editado por su marido, el también poeta, Ted Hughes que escribió un libro tan infalible que hasta puedo apostar por él: Gaudette. Un experimento mucho más pop y cercano a nosotros. Brillante! (Ed. Lumen - Bilingüe)
            Aunque por momentos algunos poemas cuestan un poco, porque se refieren a temas que no sentimos cercanos: esos bosques, esos campos, esos verdes... el libro sabe ampliar los conceptos básicos de la poesía y expandirlos. Busca límites y los encuentra, con una carga emotiva y un peso (esa pesada piedra que la terminó por hundir) que sorprende.

La edición de Hiperión es bilingüe pero algo floja. Sirve de todas maneras porque hay muchísimas palabras nuevas. Más diccionario que otra cosa, pero sirve.

           
Ariel
Sylvia Plath (1932-1963)
Hiperión

06 agosto 2011

Wassily Kandinsky y la Crisis de representación


Kandinsky, además de ser ese gran pintor abstracto ruso, fue un intuitivo. En todo, inclusive en la escritura.

Escribió hace exactamente 100 años un librito llamado De lo espiritual en el arte; que terminó siendo una especie de base filosófica para todo lo que vino después. Casi un manifiesto, pero sin proponérselo. Imperdible para todos a los que les gusta el arte, la escritura y hasta la música.

Poniendo por encima de todo (estilos, épocas y convencionalismos) una ley de necesidad interior que tiende a regir al artista, Kandinsky dice que hay un deseo interior, un espíritu, que tiene que ser mucho más importante que emular lo real, lo figurativo. No es tarea del artista copiar la naturaleza o los rasgos de una persona, sino dotarlos de expresión. Y todo eso viene de adentro.

“El artista no tiene por fin la reproducción de la Naturaleza, aunque ésta sea artística, sino la manifestación de su mundo interior.”

Manda al demonio a las composiciones clásicas, a los críticos (“gente sin amor, que no entienden lo que se plantea”) y relaciona hasta terminar uniendo a todas las expresiones artísticas.  Por ejemplo, la música con los colores.

El rojo bermellón se acerca al sonido de una tuba, el marrón es un tambor y al verde puede asociárselo con los tonos calmos y alargados  del violín.
El blanco se asocia a la nada primitiva, a la era glaciar. Un no sonido, un sonido inmenso. El negro sería una pausa, pero definitiva, la muerte. El gris es insonoro e inmóvil.

Y así sigue un camino que merece la pena….

De lo espiritual en el arte
Wassily Kandinsky (1866-1944)
Need